La noche del 20 de julio, Julio César Arredondo Bojórquez despidió su jornada laboral en una cafetería de Culiacán sin saber que caminaba hacia una trampa mortal; doce días después de una intensa búsqueda impulsada por su familia en redes sociales, la confirmación genética de sus restos embolsados a orillas del puente Benito Juárez transformó la esperanza en luto, sumando la voz de un estudiante de arquitectura de 21 años al clamor de justicia de un Sinaloa devorado por la impunidad y la violencia
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