Sheinbum distruta del Palacio que Hernán Cortés mandó construir. (Imagen elaborado con IA de Gemini)
11/05/2026
LANOTA.- El discurso oficial de la actual administración federal ha mantenido una narrativa de confrontación constante con el pasado colonial, marcando una distancia tajante con figuras como Hernán Cortés.
Sin embargo, detrás de la retórica que exige disculpas históricas, se erige una contradicción arquitectónica y política: la decisión de la presidenta Claudia Sheinbaum de habitar el Palacio Nacional.
Este recinto, que nació precisamente como la casa personal del conquistador español sobre las ruinas de la Gran Tenochtitlan, hoy sirve de residencia a una gobernante que, mientras critica el origen de la nación, disfruta de un estilo de vida sufragado íntegramente por el erario público.
La historia parece ser un material maleable en manos de quienes detentan el poder. Resulta paradójico que se fustigue el legado de Cortés mientras se despachan asuntos de Estado desde los mismos muros que él mandó levantar en 1522.
La comodidad de las áreas presidenciales, que incluyen servicios de alta gama, seguridad de élite y un mantenimiento que cuesta millones al pueblo mexicano, parece silenciar cualquier escrúpulo ideológico sobre el origen “opresor” del inmueble. Es la eterna danza del gobernante: denunciar la piedra, pero dormir plácidamente sobre ella.
EL SILENCIO SOBRE LA MANO DE OBRA INDÍGENA EN EL PODER LOCAL
En un espejo de esta realidad, Clara Brugada ha tomado posesión del Palacio del Ayuntamiento como sede de su jefatura. Aquí, la ironía histórica alcanza su punto máximo: si bien la narrativa oficial exalta la resistencia indígena, se omite que cada bloque de ese edificio fue colocado por manos de pueblos originarios bajo el sistema de repartimiento.
Si el repudio a la herencia colonial fuera auténtico y no meramente discursivo, habitar estos espacios —erigidos sobre la explotación y el desplazamiento— debería ser, por lo menos, una afrenta ética. Pero en la política contemporánea, el simbolismo del lujo pesa más que la coherencia del relato.
Esta tendencia a “olvidar” convenientemente los detalles de la cronología nacional permite que los gobernantes se apropien de la estética del antiguo régimen mientras se presentan como sus principales detractores.
El Palacio Nacional, con sus 40,000 metros cuadrados de historia ecléctica, ha pasado de ser la “Casas Nuevas” de Moctezuma a la fortaleza de Cortés, y de ahí a la residencia de virreyes y dictadores.
Hoy, bajo un nuevo signo político, el inmueble sigue cumpliendo su función original: aislar al líder del resto de los ciudadanos, ofreciéndole una burbuja de esplendor virreinal pagada por aquellos que, irónicamente, son llamados “los protagonistas del cambio”.
PUNTOS CLAVE DE LA NOTA
- Contradicción Ideológica: Existe un marcado contraste entre el rechazo discursivo a Hernán Cortés y la elección de habitar el recinto que él edificó.
- Costo Público: Las comodidades de la residencia presidencial son financiadas por los impuestos de los ciudadanos, manteniendo un estándar de vida de élite.
- Tergiversación Histórica: Los gobernantes actuales suelen aplicar una memoria selectiva, omitiendo que los edificios que ocupan fueron construidos mediante la explotación indígena.
- Evolución del Recinto: De ser la sede de los Virreyes de la Nueva España, el Palacio Nacional ha vuelto a ser una residencia personal exclusiva, retomando funciones que se habían limitado en décadas pasadas.
- Patrimonio vs. Privilegio: A pesar de ser Patrimonio de la Humanidad, el uso habitacional del edificio refuerza una estructura de poder centralizado y aislado de la realidad social.
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