La muerte de Miguel Cortés Miranda, el feminicida serial de Iztacalco, cierra un ciclo de horror con un fuerte sabor a impunidad, luego de que el agresor se suicidara en prisión mediante una sobredosis de medicamentos y un golpe letal en la cabeza tras caer de su litera. De acuerdo con la defensa de las víctimas, el criminal no solo cumplió su promesa de quitarse la vida tras cometer sus crímenes, sino que aprovechó las omisiones del sistema penitenciario para acosar telefónicamente a las familias de sus víctimas días antes de morir, confesando haber atacado a cerca de 40 mujeres. Con su fallecimiento, la acción penal se extingue, dejando a las sobrevivientes sin una sentencia formal y señalando la responsabilidad oficial por permitir que el victimario evadiera la justicia definitiva
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