Ken Salazar, Borderlands y México: memorias, diplomacia y lo incómodo de la seguridad en México

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Odracir R. Espinoza Valdez.

Odracir R. Espinoza Valdez*

5/08/2026

LANOTA.MX. El nuevo libro de Ken Salazar, Borderlands: My Fight for an Inclusive America, es una pieza política, diplomática y testimonial escrita por alguien que ocupó una de las posiciones más delicadas de la relación bilateral. La edición en inglés fue publicada el 28 de julio de 2026, mientras que la versión en español llegará a México en septiembre. 

Trabajé con Ken Salazar y puedo decir que es un político experimentado, un diplomático de trato cuidadoso, con buena memoria y gran capacidad para leer el ánimo de sus interlocutores. Por eso lo que escribe importa. Pero también debe leerse con rigor: sus memorias son una versión privileged de los hechos, no un expediente judicial ni una sentencia. 

El libro plantea una idea central: México y Estados Unidos viven una integración de hecho, pero sin instituciones suficientemente sólidas para administrarla. Salazar sostiene que seguridad, migración, infraestructura fronteriza, desarrollo regional y comercio forman parte de un mismo sistema, y que ningún gobierno puede atender una variable sin considerar las demás. Ahí radica uno de los principales aciertos del libro. 

El punto más polémico es su relato sobre Andrés Manuel López Obrador, la seguridad pública, la corrupción, la reforma judicial y el caso de Ismael “El Mayo” Zambada. Salazar afirma que la relación con AMLO se rompió por dos episodios: la llegada de Zambada y Joaquín Guzmán López a Estados Unidos y sus críticas a la elección popular de jueces. Aquí conviene separar emociones del derecho. 

Que un exembajador relate comentarios de un empresario anónimo sobre la preocupación de AMLO por lo que pudiera declarar “El Mayo” no constituye prueba, pero sí reabre la polémica y vuelve a colocar dudas sobre la mesa. La reacción del Gobierno mexicano fue defensiva. 

La presidenta Sheinbaum sostuvo que la preocupación de López Obrador era una posible participación de agencias estadounidenses en la captura y traslado de Zambada y, por tanto, una violación a la soberanía. Ese argumento tiene sentido jurídico si existió una operación no autorizada en territorio mexicano. Sin embargo, también existe el riesgo de utilizar nuevamente la soberanía como escudo para evitar discutir problemas estructurales como la corrupción, las policías débiles, las fiscalías rebasadas y la infiltración del crimen organizado en las instituciones. Salazar tampoco queda exento de críticas. 

Su narrativa suele colocarlo como quien advirtió los riesgos a tiempo y trató de salvar una relación que otros deterioraron. Es comprensible: son sus memorias. Tienen valor testimonial, pero no sustituyen expedientes, comunicaciones diplomáticas, investigaciones judiciales ni fuentes independientes. Su crítica a la seguridad mexicana es contundente. 

En declaraciones públicas ya había señalado que México cerró las puertas a la cooperación, que negar la violencia no correspondía a la realidad y que la estrategia de “abrazos, no balazos” no funcionó. En ello existe una verdad incómoda: la política social puede disminuir el reclutamiento criminal, pero no sustituye instituciones de seguridad sólidas, inteligencia, fiscalías eficaces y cooperación internacional. Como él mismo resume: “Sin seguridad, no hay prosperidad”. 

La respuesta del Estado mexicano no debería ser el enojo, sino el método. Si el libro contiene afirmaciones sobre posibles redes de corrupción, corresponde solicitar información por los canales diplomáticos e institucionales. Si cuestiona la reforma judicial, la respuesta debe sustentarse en evidencia y no en descalificaciones. 

El riesgo es convertir el libro en munición política en lugar de aprovecharlo como una oportunidad de reflexión. Algunos analistas sostienen que la obra también tiene componentes de revancha, estrategia comercial y posicionamiento político en Estados Unidos. Puede ser. Pero sería un error despacharla únicamente como un libro de resentimiento. 

Más allá de sus motivaciones, ofrece una mirada sobre cómo Washington interpretó a México durante ese periodo. El Estado mexicano debería responder con tres acciones: prudencia pública para evitar convertir cada capítulo en una crisis; exigencia diplomática para que cualquier información relevante se formalice por los canales correspondientes; y, sobre todo, una revisión interna seria. 

La relación bilateral no puede depender de simpatías personales, sombreros, desayunos o puertas abiertas en Palacio Nacional. Requiere instituciones, protocolos, mecanismos de cooperación y respeto mutuo a la soberanía. 

Tres conclusiones. 

Primera: Borderlands reabrirá el debate sobre si México ha defendido la soberanía o si, en ocasiones, la ha utilizado para ocultar debilidades institucionales. 

Segunda: la relación México-Estados Unidos seguirá mezclando memorias, filtraciones y expedientes con seguridad, migración, T-MEC y elecciones.

Tercera: la mejor respuesta no es descalificar a Salazar ni asumir su versión como verdad absoluta. La respuesta digna es fortalecer las instituciones, investigar la corrupción, profesionalizar la seguridad y cooperar con reglas claras. Porque lo que México no esclarezca con sus propias instituciones terminará escribiéndose en libros, cortes y expedientes extranjeros.

*Mtro. Odracir Ricardo Espinoza Valdez.
Abogado Penalista, Académico, Primer Fiscal Anticorrupción del País y Ex asesor Legal del Departamento de Justicia de EU en México.

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