19/06/2026
LANOTA.- Detrás de la retórica gubernamental que insiste en que la violencia se concentra solo en un par de grandes corporaciones criminales, las montañas del sur del Estado de México y de Guerrero albergan una realidad mucho más perversa.
Ahí, bajo el cobijo de una geografía cómplice y la evidente omisión de las autoridades, opera la Nueva Familia Michoacana, una mafia que ha dejado de ser un simple remanente del narcotráfico para convertirse en un feudalismo criminal que somete la vida pública, política y económica de regiones enteras.
Lejos de la supuesta “lealtad” de los clanes familiares, esta organización funciona como un parásito social.
Su visibilidad actual no es un logro de la inteligencia del Estado, sino el resultado inevitable de su descarada osadía: desde el cobro de piso generalizado que estrangula a pequeños comerciantes, hasta el secuestro y la intimidación abierta contra autoridades locales en Taxco, caso que el secretario de Seguridad, Omar García Harfuch, colocó en el centro del tablero.
El grupo delictivo ya no se esconde; se exhibe con la certeza de que, en su territorio, ellos son la única ley vigente, ganándose a pulso su inclusión en la lista de Organizaciones Terroristas Extranjeras de los Estados Unidos.
EL ENGAÑO DE LOS JEFES DE LA MAFIA: IMPERIO DE SANGRE DE “EL PEZ” Y “EL FRESA”
El mito de que los hermanos Johnny y José Alfredo Hurtado Olascoaga son “protectores” de las comunidades de la Tierra Caliente se desmorona al revisar sus expedientes criminales.
Bajo los alias de “El Pez” y “El Fresa”, estos dos sujetos han construido un feudo donde la población civil es rehén de sus ambiciones, mientras el gobierno federal acumula años sin poder —o sin querer— localizarlos en su bastión de Arcelia. Debido a esto, la DEA ha puesto un precio conjunto de 8 millones de dólares a sus cabezas.
La peligrosidad de este binomio no radica solo en su capacidad de fuego, sino en su camaleónica forma de operar.
José Alfredo, “El Fresa”, personifica la hipocresía del narco moderno: se presenta como operador local mientras teje alianzas tras bambalinas con el Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), el mismo grupo que baña de sangre otras regiones del país. No hay ideología ni “defensa del territorio”, solo un pragmatismo criminal diseñado para mantener a flote un negocio que factura millones a costa del miedo ajeno.
SAQUEO DE RECURSOS Y FACHADAS DE MERCADO: EL NEGOCIO SUCIO DE LOS HERMANOS
El descaro de la Familia Hurtado Olascoaga alcanzó niveles alarmantes cuando la Oficina de Control de Bienes Extranjeros (OFAC) de Estados Unidos exhibió cómo el cártel ha diversificado sus garras hacia actividades que destruyen el entorno y la economía formal. El control ya no solo se mide en toneladas de droga, sino en el control absoluto de la vida cotidiana.
Por un lado, Ubaldo Hurtado Olascoaga, alias “El Flaco”, personifica el saqueo ambiental. Lejos de limitarse a las extorsiones y al cobro de piso que estrangula a los comerciantes locales, este operador ha encabezado la explotación ilegal de recursos minerales estratégicos como el uranio y el mercurio, envenenando la tierra y robando la riqueza nacional para financiar su ejército de sicarios.
Por el otro, la simulación económica encuentra su rostro en Adita Hurtado Olascoaga, “La Venadita”, quien lava los activos ensangrentados de la organización utilizando la necesidad de la gente.
Ella controla redes de importación de ropa usada desde los Estados Unidos para venderla en los tianguis populares de México. Es el círculo perfecto de la explotación: envenenan a las comunidades con violencia y luego lucran con el comercio informal para limpiar el dinero que financia el armamento que ingresan ilegalmente al país.
LA RED GLOBAL DEL VENENO: LA CONEXIÓN DIRECTA CON CHINA
La Nueva Familia Michoacana ha dejado claro que el discurso del “cártel regional” es una mentira para minimizar el problema. Mediante operadores logísticos como los hermanos Franco y Uriel Tábarez Martínez, la organización ha extendido su veneno a lo largo de un tercio del territorio estadounidense, operando con impunidad desde Nueva York hasta California.
Los expedientes de la corte de Atlanta, Georgia, revelan la frialdad de su operación de narcotráfico industrial: el clan no tiene reparos en pactar con mafias asiáticas para recibir fentanilo en polvo directamente desde China.
Esta materia prima es procesada en laboratorios clandestinos de metanfetamina en suelo mexicano para exportar cerca de una tonelada de químicos cada dos meses hacia Estados Unidos.
Mientras las autoridades locales discuten sobre soberanía y límites territoriales, esta estructura opera como una multinacional del terror que devasta la salud pública en ambos lados de la frontera, demostrando que su verdadero motor es la avaricia desmedida disfrazada de lazos de sangre.
PUNTOS CLAVE DE LA NOTA
- Sometimiento civil: La organización no protege comunidades, sino que las mantiene bajo un régimen de extorsión y terror para financiar sus lujos y su estructura armada.
- Terrorismo impune: Catalogada como Organización Terrorista Extranjera por Estados Unidos, el grupo opera con alarmante libertad en los límites del Edomex, Guerrero y Michoacán.
- Liderazgo corruptor: Los hermanos Johnny (“El Pez”) y José Alfredo (“El Fresa”) Hurtado Olascoaga encabezan un imperio criminal basado en el pacto de conveniencia con rivales como el CJNG y el sometimiento de alcaldes locales.
- Depredación ambiental: A través de la minería ilegal de uranio y mercurio encabezada por Ubaldo Hurtado, el cártel destruye los recursos naturales para obtener ganancias directas en el mercado negro.
- Crimen multinacional: El grupo abandonó el esquema del narco tradicional al aliarse con proveedores en China para traficar fentanilo y metanfetaminas a escala masiva hacia las principales capitales de Estados Unidos.
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