LANOTA– La noticia corrió como un eco en los pasillos judiciales: Daniel Arizmendi López, conocido como El Mochaorejas, fue absuelto del delito de secuestro después de 27 años de encierro. La resolución, dictada por una jueza federal en el Estado de México, parecía abrirle la puerta a la libertad. Sin embargo, otros procesos y condenas lo mantienen sujeto a una larga cadena de años en prisión.
UN PERSONAJE MARCADO POR EL HORROR
Arizmendi fue detenido en 1998, cuando su nombre ya era sinónimo de terror. Las investigaciones lo vincularon con más de 180 víctimas, mutilaciones y asesinatos. Su apodo nació de la crueldad: cortar orejas o dedos para presionar a las familias a pagar rescates. En aquel tiempo, concedió una entrevista a Joaquín López-Dóriga, donde dejó claro que no sentía remordimiento alguno.
“NO ME ARREPIENTO DE NADA”
Las palabras que pronunció entonces siguen resonando: “No estoy arrepentido de nada, sólo de haber dejado a mi familia en esa situación”. Su confesión fue un retrato de frialdad. No hubo disculpas ni reconocimiento del daño causado. Al contrario, insistió en que el dinero nunca le impresionó, que lo que le provocaba emoción era el acto mismo de secuestrar.
EL DESEO DE LA PENA DE MUERTE
En esa misma conversación, Arizmendi expresó un deseo que estremeció: ser el primero en recibir la pena de muerte, si esta existiera en México. “Me daría gusto que me la aplicaran”, dijo, como si buscara un final que reflejara la magnitud de sus crímenes.
ABSUELTO, PERO NO LIBRE
La reciente absolución por secuestro no borra el resto de su historial. Las condenas por delincuencia organizada y otros ilícitos suman más de dos siglos de prisión. Así, aunque el fallo judicial lo exima de un cargo, su destino sigue atado a las rejas.
UNA SOMBRA QUE NO DESAPARECE
El caso de El Mochaorejas es un recordatorio de los años en que el miedo se convirtió en rutina para muchas familias mexicanas. Hoy, aunque la justicia le concede un respiro en uno de los delitos, la memoria colectiva no olvida ni sus actos ni sus palabras: un hombre que nunca se arrepintió.
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