LANOTA.- Parece guion de telenovela, pero no: Aarón Beas, actor de trayectoria discreta y expareja de Ximena Pichel —mejor conocida por la república de las redes como “Lady Racista”— decidió salir al escenario mediático para hablar… de ella, de él, de su hijo y, por supuesto, del escándalo que puso su vida privada en el ojo público.
Todo comenzó con un video viral en el que Pichel insulta a un agente de tránsito en la Ciudad de México, mientras su hijo adolescente intentaba defenderla. La grabación hizo eco en redes, los comentarios se multiplicaron y, como dicta el manual de los linchamientos digitales, la protagonista tuvo que salir a disculparse públicamente: reconoció su error, dijo estar avergonzada y ofreció disculpas al agente agredido.
Hasta ahí parecía que el fuego se apagaba… pero no. Un segundo video salió a la luz poco después. Y si el primero era preocupante, el segundo dejó claro que el incidente no fue un mal día, sino un patrón de conducta. Con eso, se cayó cualquier intento de control de daños.
CUANDO EL HIJO SE VUELVE VIRAL… SIN QUERER
En ambas grabaciones aparece el hijo adolescente de Pichel, tratando de contener la situación con palabras que, más que defensa, revelaban angustia. Ante la exposición, Aarón Beas rompió el silencio, no para defender a su ex, sino para pedir que se deje de atacar al menor.
“Yo casi ni he podido dormir”, confesó, aunque no por él —aclara— sino por su hijo, quien según el actor llora, tiene ataques de pánico y está aterrado por lo que pueda pasarle a su mamá. A estas alturas, la viralidad no es fama: es trauma.
¿Y LA CUSTODIA? AY, NO, QUÉ FLOJERA
La historia entre Beas y Pichel tiene más giros que una serie de suspenso. Según Aarón, la separación fue hace 15 años, pero los problemas con ella no eran nuevos. Habla de terapias, psicólogos, psiquiatras (“a mí no me recetaron nada”, dice orgulloso), y hasta revela que la madre de Pichel viajó desde Argentina para pedirle que le quitara la custodia de su hijo.
Pero él no quiso. “La madre es la madre”, explicó, con tono de mártir emocional. Y aunque reconoció que Ximena tiene arranques explosivos, también “quiere mucho al niño, lo sobreprotege”, lo cual no parece incompatible con estallidos de furia en vía pública.
ENTRE LA COMPASIÓN Y LA AUTOVÍCTIMA
Consciente de que hay algo que ya no se puede borrar —el internet no perdona ni olvida— Beas insiste en que ella necesita tratamiento y que no puede seguir negándolo. Y aunque en todo momento intenta mostrarse equilibrado, se le escapa una que otra frase que suena más a reclamo que a empatía:
“También me ha dañado mucho emocionalmente”, “es difícil estar con alguien que no se da cuenta que tiene que tratarse”, dice, dejando claro que él, al menos, sí se dio cuenta.
También confesó que, durante los primeros ocho años de vida de su hijo, él fue quien se hizo completamente cargo, y que ella sólo tenía visitas esporádicas. Un padre modelo en silencio… hasta ahora.
EPÍLOGO: LA NOVELA CONTINÚA
Hoy Beas pide calma, pide respeto para su hijo, y, sobre todo, pide que Ximena “se responsabilice”. Pero no está buscando la custodia, ni emprenderá una batalla legal. Su mensaje parece más bien un monólogo a cámara: quiere cerrar un capítulo que, gracias a los algoritmos, volvió a abrirse sin su consentimiento.
Pero lo cierto es que la historia no es solo suya. Es también del menor que vive atrapado entre una madre pública y un padre opinante, entre cámaras que no se apagan y adultos que aún no terminan de asumir su parte.
Y sí, probablemente él también “aguantó mucho”.
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