LANOTA.– Néctar no usa otro nombre. Ese es el apodo con el que se la conoce, dentro y fuera de una de las organizaciones criminales más temidas de México: el Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG).
Lo que revela su historia es un mundo de sombras, silencios rotos y verdades enterradas bajo la tierra seca del rancho Izaguirre, un lugar que activistas y autoridades describen como un auténtico campo de exterminio.
LLAMADO EN LAS REDES: RECLUTAMIENTO QUE ATRAPA
Todo comenzó a los 17 años, en la pantalla de un celular, con un anuncio en TikTok: trabajo para “las cuatro letras” en Guadalajara, pagos altos y promesas de beneficios. “Fue por medio del TikTok que te salen videos… todo pagado, ganas tanto,” recuerda Néctar con la voz teñida de incredulidad y dolor.
Pero lo que parecía una oferta laboral era la puerta a un infierno disfrazado. El contacto fue frío, estrictamente controlado, con demandas inquietantes: documentos, un video de sumisión, y un boleto sin regreso claro.
RANCHO IZAGUIRRE: ENTRE EL MIEDO Y LA OBLIGACIÓN
Al llegar, la realidad golpeó con brutalidad. Las mujeres, separadas de los hombres, eran sometidas a exámenes humillantes para “verificar su identidad” y descartar infiltradas.
“Esto no era mentira. Aquí no les importa si eres mujer o hombre,” confesó Néctar.
La rutina era una maquinaria implacable de control: desde ejercicios agotadores y castigos colectivos —con golpes, privación de alimento y humillación pública— hasta tareas domésticas degradantes. La violencia física y psicológica no era la excepción, sino la norma.
SILENCIO DE LOS MUERTOS Y LOS RITUALES DEL TERROR
Néctar cuenta sobre ejecuciones, rituales macabros y la deshumanización total. La “doble 08”, un rito de iniciación que se traduce en golpes brutales y humillación, marcaba a los nuevos.
Las mujeres limpiaban después de asesinatos y presenciaban el uso de perros para castigar a los desobedientes. El “cuarto de la carnicería”, un nombre sombrío que revela la crueldad extrema, era el lugar donde se desmembraban cadáveres.
El horror llegó hasta probar carne de origen desconocido, una práctica atroz usada para dominar mentes y cuerpos.
EL DINERO Y LA DROGA: LA MONEDA DE UNA PRISIÓN
La economía interna del rancho era un mundo aparte, donde artículos básicos costaban fortunas, y el dinero se movía bajo vigilancia estricta. Néctar incluso ganaba dinero por cortar cabello, un resquicio mínimo en medio del control total.
Las drogas circulaban libremente, muchas veces como pruebas de lealtad. Néctar recuerda haber sido forzada a consumir cristal, un tormento que le dejó secuelas físicas y emocionales profundas.
LA FUGA, EL ESTIGMA Y EL SUEÑO ROTO
Tras meses atrapada, Néctar logró un breve permiso y decidió huir. Cortó todo contacto, desapareció, y quedó aislada del mundo.
Pero el escape no fue el fin. El insomnio, las pesadillas, los sobresaltos y el peso de lo vivido la persiguen día a día. Su familia, que la creyó muerta, apenas conoce la magnitud de su sufrimiento.
“El dinero más difícil de ganar porque no cuesta sudor, cuesta sangre y en ocasiones hasta termina siendo la tuya,” advierte.
Antes de despedirse, lanza un mensaje con la fuerza de quien ha tocado el abismo:
“Que no busquen soluciones fáciles. Nada vale la pérdida de dignidad, tranquilidad ni salud mental.”
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