LANOTA.– Aquel 25 de julio de 2024 comenzó como un día más en el húmedo y denso verano sinaloense. Pero bajo esa calma aparente, se gestaba una operación que cambiaría el rostro del narcotráfico en México. Ismael “El Mayo” Zambada, el último gran capo en libertad, fue “secuestrado” en una avioneta y entregado sin aviso al gobierno de Estados Unidos. Hasta hoy, ni una sola autoridad mexicana ha reconocido oficialmente la captura.
Las versiones que se han logrado hilar, gracias a filtraciones de agencias de inteligencia y fuentes cercanas al crimen organizado, coinciden en un solo punto: la traición vino desde adentro. Más precisamente, desde el núcleo de los Guzmán, hoy divididos entre la supervivencia, la entrega y la ambición.
LA REUNIÓN FATAL
De acuerdo con estos relatos no confirmados, Zambada fue citado bajo engaños a una finca en Culiacán, supuestamente para definir “temas estratégicos” del Cártel de Sinaloa. Pero lo esperaba un comando armado, silencioso, profesional. No hubo balazos. No hubo sirenas. Solo un helicóptero y una pista clandestina.
Desde ahí, una aeronave privada lo trasladó a El Paso, Texas, en una entrega directa, quirúrgica. Las imágenes de su descenso en suelo estadounidense, difundidas meses después, mostraban a un hombre envejecido, sin esposas visibles, pero con una mirada gélida. Él mismo, desde la prisión federal en Nueva York, lo dijo sin rodeos: “No fui detenido. Fui secuestrado”.
EL PACTO DE “EL GÜERO”
La narrativa detrás del operativo apunta a un autor intelectual inesperado: Joaquín Guzmán López, alias “El Güero”, hijo de Joaquín “El Chapo” Guzmán y miembro clave de la facción de “Los Chapitos”. Según fuentes consultadas, “El Güero” habría pactado con agencias estadounidenses entregar a Zambada a cambio de beneficios judiciales y control sobre plazas clave.
¿Fue un acuerdo para salvarse? ¿Una jugada para eliminar a un rival viejo y debilitado? La traición, como en toda guerra de poder, no deja notas firmadas. Pero sus consecuencias han sido brutales.
MIL 600 MUERTOS Y UNA GUERRA SIN FIN
Desde la desaparición de “El Mayo”, el estado de Sinaloa vive una guerra soterrada. Más de mil 600 asesinatos y dos mil desapariciones se han registrado en zonas como Badiraguato, Culiacán y Navolato. La violencia se fragmenta. La lealtad se compra y se revende. Los Chapitos—ahora liderados por Iván Archivaldo y Jesús Alfredo Guzmán—han impuesto un régimen de terror.
Pero no todos obedecen. Grupos remanentes de “La Mayiza” exigen venganza. Algunos han prometido cobrar la traición con fuego. Otros, simplemente, desaparecen sin dejar rastro.
¿UN JUICIO O UNA BOMBA DIPLOMÁTICA?
Mientras tanto, Zambada sigue bajo custodia del Buró Federal de Prisiones (BOP) en Nueva York. Se ha declarado no culpable de 17 cargos federales. Sus abogados aseguran que el proceso es ilegal, pues nunca hubo una orden de detención, ni de extradición.
Y ahí entra un nuevo actor: Ovidio Guzmán, “El Ratón”. El abogado Gabriel Regino ha planteado en entrevistas recientes que Ovidio podría convertirse en testigo clave contra “El Mayo”, si este se niega a declararse culpable. En otras palabras: la traición podría no haber terminado.
El hermano de “El Ratón”, Joaquín Guzmán López, también se perfila como pieza de negociación en el tablero judicial binacional. La DEA, el Departamento de Justicia y el propio FBI tienen más interés en los pactos que en las balas.
EL MAYO: ENTRE EL MITO Y LA CAÍDA
A un año de aquella entrega no reconocida, el Cártel de Sinaloa se desangra. Ya no hay un solo liderazgo. Solo células rotas, pactos volátiles y una constante: la violencia.
El legado de Ismael Zambada—construido durante más de cuatro décadas—parece haber terminado sin disparar un solo tiro. Pero su mito, y el silencio cómplice del Estado mexicano, lo mantienen vivo en la memoria de un narco imperio herido.
Porque hay algo más que muchos temen admitir: si El Mayo cayó así… ¿quién sigue? Y lo más inquietante: ¿quién lo permitió?
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