LANOTA.- En un tribunal federal de Chicago, a cientos de kilómetros de las montañas que le vieron crecer y del narcoimperio que heredó, Ovidio Guzmán López rompió el silencio. La voz de “El Ratón”, hijo de Joaquín “El Chapo” Guzmán, resonó en la corte estadounidense como una sentencia: culpable.
Pero no solo de narcotráfico. También de sangre. De muerte. De traición.
Entre los muros grises de la sala judicial, Ovidio reveló el secreto peor guardado: su participación en tres asesinatos selectivos, ejecutados entre 2018 y 2021, en el marco de una guerra interna dentro del Cártel de Sinaloa. Los nombres de las víctimas eran conocidos en los pasillos del crimen: “Tony Montana”, “La Liebre” y “Amigo”. Tres piezas clave en la estructura rival de Los Dámaso.
UNA GUERRA INTERNA SIN TESTIGOS
Cada uno de esos crímenes tiene el sello de una limpieza silenciosa, parte del ajedrez letal que siguió a la caída de “El Chapo”. La lucha por el trono dejó cadáveres esparcidos en ranchos, ciudades fronterizas y hasta en calles de Estados Unidos. Nadie estaba a salvo. Ni siquiera quienes habían huido.
La declaración de culpabilidad no fue un simple trámite legal. Fue un parteaguas. Porque ahora, el hijo del capo más famoso del mundo podría convertirse en el sepulturero de su propia familia criminal.
Y lo que sabe, vale más que todo el dinero del cártel.
LOS ASESINATOS CONFESOS
El primero: Jesús Antonio Muñoz Parra, alias “Tony Montana”, ejecutado en Sinaloa en diciembre de 2018. Torturado. Abandonado. Marcado con iniciales. Era una advertencia: el poder estaba cambiando de manos.
El segundo: Mario Nungaray Bobadilla, “La Liebre”, ejecutado en Phoenix, Arizona. Había escapado de la violencia… hasta que lo encontraron. El mensaje fue claro: Los Chapitos no olvidan.
El tercero: Geovanni Hurtado Vicente, “Amigo”. Su cuerpo apareció días después de su desaparición. Uno más que se atrevió a desmarcarse del linaje Guzmán.
LA CAÍDA Y EL CAMBIO DE BANDO
La confesión forma parte de un acuerdo de culpabilidad que busca evitar un juicio. A cambio, Ovidio accedió a entregar información sensible y peligrosa: rutas de tráfico, nombres de colaboradores, vínculos con funcionarios, operaciones en puertos y aeropuertos.
Esa información puede desmoronar la estructura que su padre construyó ladrillo por ladrillo de cocaína, sangre y corrupción.
Expertos advierten que “El Ratón” tiene solo seis meses para demostrar su utilidad ante la justicia estadounidense. Se juega no solo su condena, sino su vida. Porque con cada palabra que diga, estará firmando la sentencia de otros… y quizás la propia.
¿EL TRAIDOR O EL SOBREVIVIENTE?
La imagen de Ovidio, delgado, medicado y esposado, contrasta con la del joven que desafió al Estado mexicano en el Culiacanazo de 2019. Hoy ya no está rodeado de sicarios. No hay helicópteros esperando su orden. Solo un tribunal y la memoria de los muertos.
¿Será recordado como el hijo que dinamitó el cártel desde dentro?
¿O como el eslabón roto de un legado que ya comenzaba a descomponerse?
La justicia avanza. Pero detrás de cada paso, la sombra del Cártel de Sinaloa sigue latente.
Y Ovidio, el hijo del Chapo, tal vez sepa demasiado como para vivir tranquilo.
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