LANOTA.– Hernán Bermúdez Requena, conocido entre sus allegados como “El Abuelo” o simplemente Requena, no era un hombre común. Su vida se tejía entre los lujos más ostentosos y los secretos más oscuros, un escenario digno de película de crimen que solo parecía real para quienes lo rodeaban.
En la lujosa mansión donde finalmente fue detenido en Paraguay, los elementos de la Guardia Nacional, la Marina y la Fiscalía encontraron un mundo detenido en el tiempo y ajeno a la ley: joyas brillando bajo la luz del atardecer, fajos de billetes en múltiples divisas y botellas de vino Prosecco italiano reposando sobre mesas de caoba. Cada objeto narraba el estilo de vida de un hombre acostumbrado a vivir como un rey, o al menos, como un gangster que nunca quería despertar del sueño del poder.
EL REFUGIO DE LUJO
La mansión, con su alberca cristalina y jardines cuidados, era un refugio que contrastaba con la violencia que su nombre despertaba en México. Bermúdez Requena había sido funcionario público, un hombre que caminó por los pasillos del poder bajo la sombra de su jefe, Adán Augusto López Hernández, exsecretario de Seguridad Pública de Tabasco. Su influencia política le permitió tejer redes que cruzaban la legalidad y el crimen organizado.
Su carrera en seguridad no fue lineal: del Centro de Reinserción Social de Tabasco pasó a la Subsecretaría de Seguridad y más tarde a la titularidad de la Secretaría de Seguridad Pública estatal. Cada cargo le permitió consolidar contactos, construir su imperio y, según las investigaciones, fortalecer su rol como líder del grupo criminal La Barredora, brazo operativo del Cártel Jalisco Nueva Generación en la región.
EL FUGITIVO INTERNACIONAL
“El Abuelo” conocía el juego de la vida al límite. Cuando la orden de aprehensión fue girada el 14 de febrero, abandonó el país con la precisión de un estratega: Yucatán, Panamá, España, Brasil… hasta Paraguay, donde finalmente se pensó que su rastro se había perdido.
Pero ni los kilómetros ni los continentes podían protegerlo de la coordinación internacional que, meses después, lo alcanzaría. La operación, que involucró a 12 dependencias de seguridad mexicanas, incluyó intercambio de inteligencia, seguimiento financiero y la colaboración directa de autoridades paraguayas, quienes lo sorprendieron en su escondite de lujo.
EL MUNDO DE EL ABUELO
Dentro de su mansión, el contraste era evidente: un hombre que podía ordenar vidas y muerte desde un escritorio, disfrutaba de los pequeños placeres que el dinero y la impunidad le ofrecían. Teléfonos múltiples, identificaciones falsas, vinos caros y billetes apilados formaban parte de su rutina diaria, mientras su nombre resonaba en Tabasco, acompañado del miedo que imponía su organización.
No era solo un fugitivo; era un símbolo de cómo la corrupción y el crimen pueden camuflarse entre las instituciones que deberían combatirlos.
LA CAPTURA
Su captura, resultado de la nueva Ley del Sistema Nacional de Investigación e Inteligencia y del compromiso de la presidenta Claudia Sheinbaum con la política de “cero tolerancia a la corrupción”, marcó un golpe simbólico: la caída del hombre que vivió entre lujo, poder y criminalidad, y que durante años supo cómo mezclar ambas vidas con un estilo propio, casi cinematográfico, digno de un gangster moderno.
Al final, “El Abuelo” fue trasladado a México, pero su historia queda como testimonio de la paradoja: un hombre que sirvió a los poderosos, se movió en la élite política, y al mismo tiempo, fue capaz de construir un imperio criminal mientras disfrutaba de los placeres del lujo, el exceso y el riesgo.
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