LANOTA.– Nunca se está preparado para que la vida cambie en un instante. Para Valentina Gilabert, aquel día empezó como cualquier otro, pero terminó convertido en un infierno. La modelo salió del hospital tras haber estado atrapada entre la vida y la muerte, víctima de un ataque brutal de Marianne Gonzaga, quien fue encarcelada y ahora ha recobrado su libertad. Quince puñaladas marcaron su cuerpo, un estallido de violencia que parecía nacido de los celos más profundos.
Valentina señala a Aintzane ‘N’ como quien la citó aquel día, ocultándole que Marianne Gonzaga estaría allí, pero lo que realmente estremeció a todos fue la crudeza de su testimonio sobre los días que pasó suspendida entre la vida y el coma.
CINCO DÍAS ENTRE EL SUEÑO Y LA REALIDAD
“Me tuvieron que amarrar”, confesó Valentina. Durante cinco días permaneció en coma inducido, intubada y dependiente de una máquina que respiraba por ella. La sensación de estar dormida era un espacio entre la conciencia y el miedo, donde los sonidos y las luces eran fragmentos de un mundo lejano.
Entre ellos, el sonido de la máquina que aspiraba la mucosidad de su garganta se convirtió en su rutina: “Me despertaban poquitos segundos para preguntar si quería que me aspiraran, yo decía que sí porque así mi cuerpo descansaba”. Fentanilo, morfina y otros medicamentos la mantenían atrapada en ese limbo de dolor y confusión.
DESTELLOS DE SU FAMILIA
En medio de aquel encierro en su propio cuerpo, los rostros de su familia aparecían como destellos de esperanza. Su padre saludándola, su madre entrando cinco minutos: “Me puse a llorar e intentaba hablar, pero no podía. Me dio una tablita con una hoja para escribir”. Cada gesto se volvía un hilo que la conectaba con la realidad que parecía alejarse cada segundo.
EL REGRESO A LA REALIDAD: UN SHOCK TERRIBLE
Despertar del coma fue más aterrador que el ataque mismo. Valentina recuerda la confusión y el miedo: pensó que habían pasado horas, pero en realidad fueron cinco días. Con los tubos retirados y los aparatos quitados, su instinto la llevó a intentar arrancarse todo de la cara: “Me tuvieron que amarrar con toallas a la cama, yo me zafaba”. Cada instante de conciencia era un golpe, un recordatorio de que su vida había cambiado para siempre.
CICATRICES QUE EL MUNDO NO VE
Aunque Marianne Gonzaga esté libre nuevamente, las cicatrices de Valentina no son solo físicas. Cada recuerdo, cada sonido del hospital, cada mirada fugaz de su familia, quedan grabados en su memoria. El terror y la fuerza conviven en cada respiración de Valentina, recordándole que sobrevivir no es volver a ser la misma.
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